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Si hay algo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos, es que nada permanece.

La vida está hecha de puro movimiento y sin embargo, tratamos de apresarla, de detenerla, de congelarla, una y otra vez.

El cambio es un concepto unido a la adaptación, dicen que solo el que se adapta, sobrevive. Y en mi opinión, es cierto. La flexibilidad, la aceptación, la capacidad para dejar ir, la no resistencia a lo que es, la permanencia en el ahora, el foco en el presente, son algunas de las herramientas que nos sostienen en el vaivén de los días que pasan.

A nivel personal, sin embargo, el cambio depende de nosotros. Somos nosotros quienes elegimos, decidimos y construimos ese nuevo sendero por el que transitar. Pero para ello, necesitamos una clara y profunda determinación, y también, cómo no, una considerable dosis de constancia. La suficiente como para continuar en los momentos menos favorables. La necesaria como para aferrarnos a ella cuando todo lo demás nos falte, y volver a lo de antes, a lo conocido, a lo familiar, sea la opción más apetecible y sencilla de afrontar.

Una de las preguntas que con más frecuencia nos hacemos y hacemos a los demás, es si será para siempre. Si me querrá siempre. Si siempre pensará lo mismo de mi. Si seguirá sintiendo igual que ahora. Si este cuerpo que reconozco como mío, continuará resultando familiar. Si este trabajo, esta empresa, este proyecto, serán los definitivos. Y cuando alguien o algo nos recuerda nuestra fragilidad, nos derrumbamos.

Sin detenernos a observar que la vida está hecha de retales, de etapas, de momentos, de personas que llegan y otras que se van, de seres queridos que dejan de estar aquí, de niños que crecen, de ojos que se apagan, de lágrimas y de soles, de noches claras y amargas y días claros y lluviosos.

Que hoy no somos los mismos que ayer, y que no seremos los mismos mañana, no es una frase hecha. Es una constante, en nosotros y en el mundo en el que habitamos. Hay cambios imperceptibles y reales, como el de la gota de agua que erosiona la piedra; hay otros inmediatos y habituales, como el del tiempo y las estaciones; y hay cambios que se gestan en un único movimiento interno, limpio, definitivo, mesurable… y es nuestra fuerza y nuestra voluntad, nuestro querer que sea y nuestra confianza, los que hacen que sea posible.

Esta es en definitiva, la libertad de todo ser humano, la de elegir qué, cómo y de qué manera queremos vivir esta vida que nos lleva, pero a la que también podemos decidir cómo llevar.

¿Y tú, qué necesitas cambiar para vivir la vida que sueñas?…

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